El dato es contundente: unos 84.000 argentinos viajaron a Chile en el inicio de 2026, frente a los más de 107.000 del año anterior. La caída marca un quiebre en una tradición que parecía inalterable.
Las razones son múltiples. El tipo de cambio desfavorable encareció las compras que solían ser atractivas en indumentaria y tecnología. La inflación y la pérdida de poder adquisitivo en Argentina redujeron la capacidad de ahorro de las familias, que optaron por destinos internos más accesibles. A esto se suma la percepción de inseguridad en ciudades chilenas, que generó cautela entre los turistas, y las demoras en pasos fronterizos, todavía presentes pese a mejoras en infraestructura.
El resultado es un cambio en la postal veraniega: menos argentinos en los centros comerciales de Santiago, menos presencia en las playas de Viña del Mar y menos movimiento en las rutas cordilleranas. En paralelo, destinos locales como la Costa Atlántica, Córdoba o el Norte ganaron protagonismo, ofreciendo alternativas más seguras y económicas.
La caída del turismo argentino en Chile no es solo un número: es el reflejo de cómo la realidad económica y social impacta en las costumbres. El clásico “cruzar la cordillera” se volvió una decisión más difícil, y en 2026 la tradición se interrumpió. Chile sigue siendo un destino querido, pero la coyuntura transformó la costumbre en excepción.