Luis Alberto Spinetta no fue solo un músico, fue un universo. Cada 23 de enero, desde que la Ley 27.106 lo estableció en 2015, el país se detiene para recordar al “Flaco”, nacido en Núñez en 1950, y fallecido en 2012, dejando un legado que aún late en cada acorde. Su voz, sus letras y su guitarra fueron más que instrumentos: fueron caminos hacia lo invisible, hacia lo que no se puede nombrar pero sí sentir.
Spinetta fue fundador de Almendra, banda que en los años 60 inauguró una nueva sensibilidad en el rock argentino. Luego vinieron Pescado Rabioso, Invisible y Spinetta Jade, proyectos que expandieron las fronteras del género, mezclando rock, jazz, psicodelia y poesía. Cada etapa fue un laboratorio sonoro, un intento de sentir la música como experiencia espiritual.
Su obra solista, con discos como Kamikaze o Pelusón of Milk, mostró la intimidad de un artista que nunca dejó de dialogar con la belleza y el dolor. Canciones como Seguir viviendo sin tu amor, Bajan o Durazno sangrando son himnos que atraviesan generaciones, recordándonos que la música puede ser refugio y revelación.
Hoy, en el Día del Músico, celebramos a todos los artistas que sostienen la identidad sonora del país, pero el homenaje a Spinetta tiene un tono especial: es la evocación de un hombre que convirtió la música en filosofía, que nos enseñó que cada acorde puede ser un acto de resistencia contra la banalidad.
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Spinetta sigue siendo faro. Su ausencia es apenas física: su arte permanece como un río que nunca se seca. Aprendemos cada día a vivir sin su amor, pero también con él, porque sus canciones nos acompañan como un abrazo invisible. En cada guitarra que suena, en cada voz que se eleva, está el eco del Flaco, recordándonos que la música no es solo sonido, sino que es vida, poesía, es la forma más pura de permanecer.