La ministra de Cultura, Rachida Dati, fue la encargada de dar la noticia: la música electrónica ingresó al Inventario Nacional del Patrimonio Cultural Inmaterial de Francia. Con este gesto, el Estado reconoce oficialmente el valor artístico y social de un género que durante décadas fue visto con prejuicios, asociado a la noche, al exceso y a la clandestinidad.
El impacto es enorme. La electrónica, que en los años 90 y 2000 se consolidó con la French Touch —movimiento que dio al mundo nombres como Daft Punk, Air, M83, Laurent Garnier y David Guetta— pasa a ser considerada parte del ADN cultural francés. No solo como entretenimiento, sino como motor económico y creativo: festivales como Electrobeach o clubes icónicos de París y Marsella atraen miles de turistas cada año, generando millones en ingresos.
La decisión también abre la puerta a que la electrónica francesa sea postulada ante la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial global, un reconocimiento que pondría al género en el mismo nivel que tradiciones ancestrales.
La elección de legitimar la música electrónica es audaz y visionaria. Francia demuestra que la cultura no se limita a lo clásico o lo folclórico, sino que también incluye lo que nació en los márgenes y se transformó en fenómeno global. Al elevar los beats y sintetizadores al rango de patrimonio, el país envía un mensaje potente: las pistas de baile también cuentan historias, y esas historias merecen ser preservadas.
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De la clandestinidad a la consagración, la música electrónica en Francia atraviesa un arco que refleja la evolución cultural de toda una generación. Hoy, los clubes y festivales ya no son solo espacios de fiesta: son parte de la memoria colectiva, un patrimonio vivo que late al ritmo de la modernidad.