Cuando Paul Thomas Anderson y Leonardo DiCaprio se unen, el cine se transforma en acontecimiento. Una batalla tras otra, que se estrena esta semana en Argentina, es la primera colaboración entre el director de Magnolia y Licorice Pizza y el actor de El lobo de Wall Street. Y el resultado es una película que no se parece a nada: feroz, absurda, conmovedora y profundamente actual.
Basada libremente en la novela Vineland de Thomas Pynchon, la historia sigue a Bob Ferguson (DiCaprio), un exrevolucionario devenido en ermitaño que debe rescatar a su hija adolescente cuando un enemigo del pasado reaparece. Lo que empieza como una misión personal se convierte en una odisea política, con persecuciones, milicias, traiciones y una sátira que recuerda por momentos a Dr. Strangelove de Kubrick.
El elenco es de lujo: Sean Penn como el antagonista siniestro, Benicio del Toro, Regina Hall, Teyana Taylor, Alana Haim, Wood Harris y el debut de Chase Infiniti. La música es de Jonny Greenwood, habitual colaborador de Anderson, y la fotografía de Michael Bauman, rodada en 35mm con cámaras VistaVision. La producción estuvo a cargo de Ghoulardi Film Company y la distribución corre por cuenta de Warner Bros. Pictures.
Con una duración de 162 minutos, la película combina géneros con maestría: comedia negra, thriller político, drama familiar y acción desbordante. La crítica internacional ya la ubica entre las mejores del año, con elogios de Steven Spielberg, quien la definió como “una mezcla de cosas tan extrañas y relevantes que te hacen reír para no gritar”.
Te podría interesar
Pero más allá del virtuosismo técnico, lo que destaca es el corazón emocional de la historia. DiCaprio entrega una actuación intensa y vulnerable, y Anderson demuestra una vez más que puede controlar el caos narrativo con elegancia. Una batalla tras otra no es solo cine de autor: es cine urgente, incómodo y necesario.