Desde su estreno el 14 de agosto, Homo Argentum se convirtió en mucho más que una película: fue trending topic, fue bandera política, fue blanco de críticas feroces y elogios apasionados. Dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat, con Guillermo Francella interpretando a 16 personajes distintos, la cinta propone una radiografía del “ser argentino” a través de viñetas breves, irónicas y provocadoras. Pero la pregunta que sobrevuela es otra: ¿habla realmente de nosotros o de una versión reducida, estereotipada y funcional?
La estrategia de marketing fue tan audaz como polémica: los directores prohibieron las críticas antes del estreno, generando un efecto de misterio y expectativa que terminó jugando a favor. Las redes se llenaron de especulaciones, y cuando finalmente llegó a las salas, el impacto fue inmediato: más de 1,5 millones de espectadores en menos de un mes. El boca a boca, las discusiones en medios y el respaldo de figuras como Javier Milei y Marcos Galperin convirtieron a la película en un fenómeno cultural, incluso antes de que se evaluara su calidad cinematográfica.
Pero no todo fue aplauso. Luis Novaresio la calificó como “una exhibición de publicidades y chivos matizada con diálogos banales” y criticó su final por “denigrar a la comunidad italiana”. Otros señalaron que más que Homo Argentum, la película debería llamarse Homo Porteñum, por su mirada centrada en estereotipos urbanos y su falta de representación federal. El debate se volvió político, estético y hasta filosófico: ¿puede una película definir una identidad nacional sin caer en la caricatura?
En medio de la polémica, Guillermo Francella defendió el proyecto y lanzó una frase que encendió otra discusión: “Hay cine que es muy premiado pero que le da la espalda al público”. La declaración fue interpretada por muchos como una crítica al cine de autor, y generó respuestas como la de Natalia Oreiro, quien abogó por la convivencia de estilos: “No creo que el éxito de una película radique en la cantidad de espectadores. Nuestro cine es nuestra historia”.
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Lo cierto es que Homo Argentum logró lo que pocas películas consiguen: instalarse en la conversación pública. Y aunque su mirada sobre “lo argentino” puede ser discutible, su impacto es innegable. ¿Es una obra que nos representa o una provocación que nos obliga a pensar? ¿Es cine popular o una sátira disfrazada de comedia? ¿Es arte o marketing?
Tal vez sea todo eso. Tal vez sea una película que, como sus personajes, se disfraza, exagera, incomoda y seduce. Y en ese juego, nos obliga a mirarnos. Aunque no siempre nos guste lo que vemos.