Hay actores que construyen su legado en silencio, desde los márgenes, desde los personajes secundarios que se vuelven inolvidables. José Andrada fue uno de ellos. Este 1 de octubre, el mundo del espectáculo argentino se vistió de luto tras conocerse su fallecimiento a los 87 años, confirmado por la Asociación Argentina de Actores. Y con él, se fue una parte entrañable de la historia televisiva nacional.
Nacido en Buenos Aires en 1938, Andrada inició su carrera en el teatro independiente en los años 70, donde moldeó una identidad artística versátil y comprometida. Su talento lo llevó a participar en obras como La batalla de José Luna y Lejos de aquí, y más tarde a convertirse en un rostro familiar en la televisión argentina. Estuvo en ficciones como Ricos y famosos, Campeones de la vida, Padre Coraje, Son amores, Costumbres argentinas, Soy gitano, Primicias, 22, el loco y Sos mi vida, siempre con una presencia que sumaba verdad a cada escena.
Pero fue su aparición en Los Simuladores la que lo inmortalizó. En el episodio “La gargantilla de las cuatro estaciones”, interpretó a Velasco, un empresario mexicano que protagonizó una escena junto a Martín Seefeld que quedó grabada en la memoria colectiva. Su frase —“¿No hay un piquito para mí?”— se convirtió en un guiño cultural, repetido en sobremesas, redes sociales y reuniones de fanáticos. Una línea que trascendió la ficción y se volvió parte del folklore televisivo argentino.
El reconocimiento a su trayectoria llegó en 2010, cuando recibió el Premio Podestá a la Trayectoria Honorable, otorgado por el Senado de la Nación y la Asociación Argentina de Actores. Un gesto que celebró su recorrido silencioso pero fundamental en la escena nacional.
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Tras conocerse la noticia, Federico D’Elía, protagonista de Los Simuladores, lo despidió con un mensaje emotivo: “Fue un placer conocerlo, hizo un personaje hermoso y agradezco que le haya dado tanto reconocimiento. QEPD”. Recordó que lo conocieron en una especie de casting, donde Andrada trabajaba como portero en un club. Y que desde ese encuentro, su talento se volvió parte de la historia.
José Andrada no fue estrella, fue presencia. No fue protagonista, fue escena inolvidable. Y en ese gesto, en esa frase, en ese personaje, dejó una huella que el tiempo no borra. Porque el arte también se mide en cariño, en memoria, en piquitos que se vuelven eternos.