Lamine Yamal, con apenas 18 años, ya es protagonista de la escena mundial. En Madrid, al recibir el Laureus, no dudó en señalar a Messi como “el mejor futbolista de la historia”. Pero su frase siguiente fue la que abrió la grieta: “no sé si es el mejor deportista de la historia también, pero por ahí está”. Esa duda, lanzada con naturalidad, reaviva una discusión que atraviesa generaciones y disciplinas.
Messi, campeón mundial con Argentina y múltiple ganador del Balón de Oro, es el único futbolista que conquistó dos veces el Laureus al Mejor Deportista del Año. Su legado excede el fútbol: es ícono cultural, símbolo de constancia y espejo de millones de jóvenes. Sin embargo, la categoría de “mejor deportista de todos los tiempos” exige mirar más allá del césped.
En esa mesa de debate se sientan nombres como Michael Jordan, que redefinió el básquet y se convirtió en marca global; Roger Federer, que llevó el tenis a una dimensión estética y competitiva inédita; Michael Phelps, el atleta olímpico más laureado de la historia; Usain Bolt, el velocista jamaiquino que desafió el propio límite del cuerpo humano; Muhammad Ali, boxeador y voz política que trascendió el ring; y Michael Schumacher, mito del automovilismo con siete títulos de Fórmula 1. Todos comparten una condición: son íconos culturales además de campeones deportivos.
La dificultad está en comparar disciplinas tan distintas. ¿Cómo medir la influencia social de Ali frente a los récords de Phelps, o la estética de Federer frente al impacto global de Jordan? La respuesta de Yamal refleja esa tensión: Messi es indiscutible en el fútbol, pero el título de “mejor deportista de la historia” es un terreno abierto, donde cada generación elige a su ídolo.
La incomodidad es necesaria. El deporte no se mide solo en medallas o estadísticas, sino en símbolos. El mejor deportista de todos los tiempos quizá no exista como figura única, sino como constelación de nombres que marcaron épocas y culturas. Messi, Jordan, Federer, Phelps, Ali, Schumacher: cada uno es un espejo de lo que significa trascender. Y esa imposibilidad de elegir uno solo es, en realidad, la riqueza del debate.