Federer había perdido dos finales en 2000, en Marsella y Basilea, y llegaba a Milán como una promesa que buscaba su revancha. La tercera fue la vencida: con un tenis elegante y preciso, estrenó su palmarés y abrió un camino que terminaría con 103 títulos ATP, incluidos 20 Grand Slam, seis Masters y una Copa Davis. Desde aquel primer trofeo, el suizo se convirtió en símbolo de perfección técnica, de plasticidad en el golpe y de una estética que redefinió la manera de entender el deporte.
La historia del tenis cambió desde ese momento. Federer no solo acumuló récords, sino que dio inicio a una era dorada junto a Rafael Nadal y Novak Djokovic. La rivalidad con Nadal, que comenzó en 2004, se convirtió en una de las más intensas y emotivas de la historia, enfrentando estilos opuestos: la potencia y el ritmo del español contra la elegancia y la precisión del suizo. Con Djokovic, la batalla fue por la supremacía estadística, y juntos elevaron el nivel competitivo a alturas inéditas.
Otros nombres también marcaron esa época: Andy Murray, que completó el “Big Four” con su consistencia y títulos grandes; Juan Martín del Potro, que irrumpió con potencia y talento para desafiar a los gigantes; Stan Wawrinka, capaz de arrebatar Grand Slams con su revés demoledor. Todos ellos fueron parte de un escenario que convirtió al tenis en un espectáculo global, con audiencias récord y un nivel técnico sin precedentes.
A 25 años de aquel título en Milán, Federer sigue siendo el espejo en el que se miran generaciones enteras. Su legado no se mide solo en números, sino en la manera en que transformó el tenis en arte. Desde ese primer trofeo, el deporte entró en una era de rivalidades legendarias y emociones únicas. Y aunque el suizo ya no compite, su huella permanece: cada golpe elegante, cada triunfo épico, cada batalla contra Nadal o Djokovic recuerda que todo comenzó en una carpeta italiana, un día de febrero de 2001, cuando un joven de 19 años empezó a escribir la historia más grande jamás contada con una raqueta.