La negociación con Fortaleza está prácticamente cerrada: Boca adquirirá el 100% del pase de Bareiro, de 29 años, en una operación que sorprende por varios motivos. Primero, porque el jugador viene de militar en la Serie B brasileña, un contexto competitivo menor respecto al nivel que exige Boca. Segundo, porque la transferencia implica un pago indirecto a River, dueño de la otra mitad de la ficha, lo que genera ruido en la hinchada xeneize.
Pero lo más llamativo es que Bareiro sería el quinto centrodelantero del plantel, en un equipo que ya tiene superpoblada esa posición. La decisión parece responder más a los gustos personales de Riquelme que a una necesidad real del equipo. El presidente de Boca ha demostrado en varias ocasiones que su criterio de contratación no siempre sigue la lógica del armado táctico, sino una visión muy propia de lo que debe ser el plantel.
Este comportamiento particular del Román dirigente se repite: fichajes que sorprenden, apuestas que no siempre responden a las carencias futbolísticas, y una política que parece más guiada por intuición que por planificación estratégica. Mientras tanto, Boca atraviesa un presente irregular y busca reforzarse pensando en la Copa Libertadores, aunque la incorporación de Bareiro abre más interrogantes que certezas.
La política de contrataciones de Riquelme es un espejo de su estilo: personal, arriesgado y muchas veces desconcertante. La llegada de Bareiro, con su costo y contexto, expone una forma de gestionar que no se ajusta a la lógica convencional. La pregunta que queda flotando es si esa intuición del ídolo se traducirá en resultados o si Boca seguirá acumulando nombres sin encontrar la fórmula que devuelva al equipo la contundencia que exige su historia.