Hay equipos que juegan bien. Otros que ganan. Y algunos —los menos— que aprenden a convivir con la adversidad, a transformarla en combustible, a hacer de cada obstáculo una oportunidad. Racing Club, versión 2025, pertenece a ese último grupo. Ayer, en el Cilindro, cerró el global de la serie 2-0 contra Vélez Sarsfield y se metió en las semifinales de la Copa Libertadores, a un paso de una final que no disputa desde 1967, cuando fue campeón por única vez.
El equipo de Gustavo Costas no deslumbra, pero emociona. Compacto, solidario, intenso. Con Nardoni como cerebro, Maravilla Martínez como estilete y una defensa que se volvió muralla. Pero más allá de los nombres, lo que define a Racing es su mentalidad: cada partido parece una final, cada error se convierte en ajuste, cada golpe se absorbe y se devuelve.
El camino no fue fácil. En octavos, eliminó a Peñarol en una serie épica. En cuartos, superó a Vélez con autoridad, en un duelo que tenía historia, tensión y contexto: el pase polémico de Maxi Salas que terminó en River había caldeado los ánimos a principios de semestre, sumado a que Guillermo Barros Schelloto, fiel a su estilo, no esquivó la confrontación verbal. Pero la Academia respondió en la cancha.
Desde lo estadístico, Racing lleva 4 partidos en total sin recibir goles, y Costas ganó todos los duelos mano a mano que dirigió desde su vuelta a Avellaneda. Pero lo que más impacta de Racing es su evolución emocional: ya no se desespera, ya no se quiebra. Disfruta el sufrimiento, juega con el reloj, y cuando tiene que golpear, lo hace.
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Ahora espera rival en semifinales, con la ilusión intacta y desde el sillón observando un duelo caliente entre Estudiantes y Flamengo. Y aunque el camino es largo, el equipo parece listo. Porque ganar la Libertadores no es solo por jugar bien: es saber sufrir, resistir, reinventarse. Y Racing, que aprendió a disfrutar la adversidad, está preparado para algo que sería increíble para más de una generación de hinchas albicelestes.