Ángel Di María no volvió: aterrizó como si nunca se hubiera ido. En apenas cinco fechas del torneo, el rosarino ya convirtió cuatro goles —incluido un olímpico ante Boca que hizo estallar el Gigante de Arroyito— y se transformó en el motor ofensivo de Rosario Central. Su impacto no es solo estadístico: es emocional, simbólico, narrativo. El Fideo volvió a su casa y la casa lo abrazó. Y en ese abrazo, el fútbol argentino recuperó algo que parecía perdido: una figura estelar que no necesita adaptación.
Lo que sorprende es la velocidad con la que Di María se metió en el ritmo local. A sus 37 años, después de una carrera en Europa que incluyó Real Madrid, PSG, Manchester United, Juventus y Benfica, el campeón del mundo juega como si conociera cada rincón del torneo. Se mueve con inteligencia, elige cuándo acelerar, cuándo asistir, cuándo aparecer. Y lo hace sin estridencias, sin cartel, pero con una eficacia que lo convierte en el jugador más determinante del campeonato.
La pregunta inevitable es: ¿puede pasar lo mismo con Lionel Messi? El astro ya anunció que el Mundial 2026 será su última cita con la Selección. Y aunque hoy brilla en Inter Miami, el sueño de verlo retirarse en Newell’s Old Boys sigue vivo. Si lo hiciera, ¿podría adaptarse como lo hizo Di María? ¿Podría jugar en el fútbol argentino sin que el contexto lo devore?
La respuesta no es simple, pero hay señales. Messi tiene una conexión emocional con Newell’s que supera lo futbolístico. Su infancia, su ídolos, su camiseta. Y si decide volver, lo hará con la misma convicción que mostró Di María: no para pasear, sino para competir. El fútbol argentino, con sus canchas difíciles, sus marcadores pegajosos y su ritmo frenético, no es sencillo. Pero si alguien puede domarlo, es él.
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Lo que Di María demuestra es que el regreso no tiene por qué ser melancólico. Puede ser potente, vigente, transformador. Y si Messi decide seguir ese camino, Rosario podría vivir una segunda revolución. Por ahora, el Gigante vibra con el Fideo. Pero en el horizonte, la pregunta sigue flotando como ese córner perfecto que se clavó en el ángulo: ¿y si el próximo en volver es Leo?