El 7 de septiembre de 2018, Lionel Scaloni debutaba como técnico de la Selección Argentina en un amistoso ante Guatemala. Nadie lo esperaba, pocos lo entendían y muchos lo subestimaban. Siete años después, el pujatense no solo sigue al mando: es el DT más exitoso de la historia albiceleste, con una efectividad del 77% (62 triunfos, 18 empates y apenas 8 derrotas en 88 partidos).
Pero más allá de los números, lo que define su legado es el cómo: una forma de trabajar que convirtió al equipo en grupo, al grupo en familia, y a la familia en campeona del mundo. Scaloni ganó cuatro títulos: la Copa América 2021 en el Maracaná, la Finalissima 2022 en Wembley, el Mundial de Qatar 2022 y la Copa América 2024 en Estados Unidos. Pero lo más impactante fue su capacidad para reconstruir desde las ruinas.
Tomó una Selección golpeada, sin rumbo, con referentes desgastados y sin recambio claro. Apostó por nombres que no estaban en el radar —Dibu Martínez, Cuti Romero, Nahuel Molina, Alexis Mac Allister, Julián Álvarez— y los convirtió en pilares. Reconquistó a Messi, relanzó a Di María y le dio sentido a cada convocatoria. No hubo caprichos, hubo proyecto.
Su estilo de liderazgo es lo que lo hace distinto. No grita, no impone, no se vende como genio. Escucha, observa, corrige y confía. En cada rueda de prensa, en cada charla con los jugadores, Scaloni transmite algo que va más allá del fútbol: humanidad. Y eso se traduce en la cancha. La Scaloneta no solo juega bien, juega con alegría, con compromiso, con esa energía que solo aparece cuando el grupo está sano. Como dijo alguna vez Rodrigo De Paul: “Acá todos sabemos que si uno se cae, hay diez que lo levantan”.
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Y sí, también hay humor. Porque este ciclo tiene memes, canciones, abrazos y hasta ciertas cosas juguetonas. El famoso video donde Messi, Paredes y compañía se divierten en la concentración mientras Scaloni pasa por detrás con cara de “yo los dejo ser, pero ustedes me ganan el domingo” es una postal perfecta. El DT logró algo que parecía imposible: que la Selección deje de ser un lugar de presión insoportable y se convierta en un espacio de disfrute. Y eso, en el fútbol argentino, es casi milagroso.
Siete años después, Scaloni sigue siendo el Leónidas de Pujato. No por gritar “¡Esto es Esparta!”, sino por liderar con convicción, con estrategia y con sensibilidad. Su legado no se mide solo en trofeos, sino en cómo transformó la relación entre la Selección y su gente. Y si algo queda claro, es que cuando el fútbol se juega con cabeza, corazón y esas cositas que todos sabemos que son juguetonas… el resultado suele ser glorioso. Honor al gran líder de la Selección. Y como dijo Juanse: "quisiera que esto dure para siempre".