El desembarco de Leandro Paredes en Boca significó mucho más que la incorporación de un jugador de jerarquía internacional. Su presencia modificó la manera de jugar del equipo: una salida más clara desde el fondo, mayor seguridad para la saga de centrales, un aprovechamiento superior de la pelota parada y la capacidad de ejecutar el pase largo con precisión quirúrgica. Pero lo más trascendente es lo que no se mide en estadísticas: la convicción de triunfo que se instaló en el vestuario.
Boca encontró en Paredes un líder capaz de transmitir una tesitura ganadora, esa mentalidad que permite competir sin necesidad de monopolizar la posesión. El equipo se siente cómodo en la incomodidad, sabe que puede generar peligro aun sin tener demasiado la pelota y que la confianza en sus recursos colectivos es suficiente para imponerse.
El trabajo del cuerpo técnico encabezado por Claudio Úbeda también es clave en esta transformación. Supo integrar a Paredes en un esquema que potencia las virtudes del plantel y que le da protagonismo a jóvenes figuras como Exequiel Zeballos, Ayrton Costa, Delgado y Di Lollo, quienes atraviesan un gran nivel y aportan frescura al ataque y solidez en defensa.
La combinación de experiencia y juventud, sumada al liderazgo de Paredes, generó un cambio de atmósfera en el club. Boca ya no depende de dominar el juego para imponer respeto: lo hace desde la seguridad, la confianza y la convicción de que el triunfo es posible en cualquier escenario.
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En definitiva, la llegada de Paredes no solo reforzó la estructura futbolística, sino que instaló un estado mental ganador que redefine la identidad del equipo. Boca volvió a ser un conjunto que inspira respeto, que se siente fuerte en cada partido y que encontró en su nuevo líder la chispa para recuperar la esencia de su grandeza.